martes, 18 de abril de 2017

Artículo || Los peligros de la fantasía.



Hola amigos y amigas, y bienvenidos y bienvenidas de nuevo a este que es mi blog. Durante este curso he estado dando mucho el coñazo en mi twitter (que por cierto, es este) sobre una asignatura que he tenido la suerte de estudiar en mi erasmus. Si todavía no lo sabes, es que no me sigues en twitter o me tienes silenciado, porque cada vez que tenía oportunidad lo sacaba a relucir. Era una asignatura sobre literatura fantástica y de ciencia ficción, y además de leer libros tan chulos como estos, discutíamos en seminarios temas muy interesantes relacionados con la literatura de género.

Hablabamos sobre muchas cosas, la mayoría relacionadas con los libros que teníamos que leer. Un día, por ejemplo, hablamos sobre Tolkien y su obra como alegoría, también hablamos de Philip Pullman y su relación con la iglesia y la sexualidad, sobre Susanna Clarke y la historia de Inglaterra, y sobre una cantidad de temas interesantísimos que me encantará contaros en otro momento. Hoy no vengo a hablaros sobre ninguna obra en concreto, sino más bien de la fantasía en general. De los peligros de la fantasía, en concreto. 

Este fue uno de los debates que tuvimos en clase, precisamente. Aunque fue uno de esos que salen sin proponerse y no dieron para mucho, a mí me hizo pensar. ¿Nos hace la fantasía más pasivos? ¿Más aislados del mundo real y sus problemas? ¿Evita que demos un paso adelante y afrontemos los problemas de este mundo? Yo mismo he estado reflexionando largo y tendido sobre esto en mis ratos muertos (cuando me enjabono el pelo en la ducha, por ejemplo), y todavía no tengo una opinión clara al respecto. Diréis, y con razón: Edu, si no tienes una opinión clara, ¿qué coño vas a contarnos aquí?

Eso, amigos y amigas, es lo que descubriréis leyendo este artículo. Igual que yo lo descubriré escribiéndolo.

miércoles, 12 de abril de 2017

Escritor del siglo XXI || Forest.




Hola amigos y amigas, perros y perras, gatos y gatas, ornitorrincos y ornitorrincas. Qué placer para mí estar hoy aquí escribiendo para ustedes, como si no tuviera un ensayo sobre Shakespeare que entregar la semana que viene, y unos cuantos exámenes los cuáles no tengo ni la menor idea de cómo voy a afrontar. Pero bueno, este es mi blog y me lo follo escribo cuando quiero, y si ahora en plenas fechas de agobio y a la una de noche hora inglesa me parece un buen momento para escribir, pues así sea ¿Quién soy yo, un simple mortal, para desafiar a mi musa?

Hoy hago mi aparición estelar para anunciaros la existencia de esta nueva serie de entradas titulada: escritor del siglo XXI *el público aplaude enloquecido*. Sí, sí, ya sé que estáis tan ansiosos de saber de qué trata como asombrados por lo ingenioso del título, que ha nacido de esta mente brillante que puedo considerar mía. No os haré esperar mucho, no temáis, así que siéntense en sus asientos, agarrense con fuerza y disfruten de esta experiencia en 3D sin igual.

Fuera coñas, llevaba ya tiempo queriendo hablar de las cosas que a mí, como escritor del siglo XXI/millenial/generación nintendo, me funcionan muy bien. Esto serían programas y aplicaciones que me resultan útiles a la hora de organizarme la vida y ponerme a escribir. No va con ningún tipo de intención moralizante en plan "YO SÉ MÁS QUE TÚ, CALLA Y ESCUCHA", si no más bien con la mera intención de recomendar algo que a mí me gusta y me funciona. Nadie me ha pagado por decir nada, y tampoco me pagan por decir que os diga que no me pagan *guiña un ojo a alguien en el público de forma muy poco disimulada*, son todo cosas que yo he probado y que recomiendo encarecidamente a mis compañeros de profesión y a cualquier persona interesada en el tema. 

Y hoy vengo a hablar de Forest, una aplicación que me ha ayudado mucho a la hora de sentar el culo en la silla y ponerme a escribir.

martes, 4 de abril de 2017

Relato || Clarkopoke, pies grandes.

Clarkopoke, pies grandes.


Clarkopoke tenía los pies más grandes de toda la aldea. Por eso era conocido como Clarkopoke, que en su idioma significa «pies grandes». Tenía el tamaño de un oso, como todos los de su especie, y era tan peludo como uno. Los seis dedos de sus manos eran largos y delgados, sin embargo, y estaban rematados con afiladas uñas blancas. Por encima de todo su pelaje, sobresalían en su rostro dos ojos negros del tamaño de pelotas de pingpong, y una nariz ganchuda. Su ancha boca quedaba cubierta por el espeso pelo que le cubría la cara. Descansaban, sin embargo, ocultos tras sus labios, unos afilados dientes como los de un tiburón.